Chiapas: riqueza natural y cultural

Por Yareli Uresti Vázquez

Siendo Chiapas un estado del sur de México perteneciente a la región Mesoamericana, es pertinente destacar en primera instancia, la riqueza natural de esta área geográfica como un factor determinante para el asentamiento ancestral y posterior surgimiento de las culturas y grandes civilizaciones predominantes.

Esta abundancia natural y fertilidad territorial en conjunto con aquellas particularidades inherentes al hombre suscitan en el caso del territorio Chiapaneco particularmente, así como las demás zonas geográficas Mesoamericanas, el emerger del conocimiento, las artes, religión y todos aquellos componentes constitutivos culturales.

Más allá de rendir culto a la naturaleza todas estas culturas, como producto de una falta de entendimiento de esta y los fenómenos naturales que conlleva, es posible aventurarse a afirmar que al ser la misma madre tierra quien brinda el sustento y la vida, una profunda comprensión de esta unidad inherente motiva la incorporación de los elementos que la componen al culto religioso.

Lejos de definir el arte precisa y objetivamente, es adecuado exponer la capacidad y el alcance de este para comunicar, trascendiendo al lenguaje, mediante la representación o disposición espacial de elementos visuales. Al ser constitutivos del arte los elementos sagrados y religiosos de estas culturas, representa un medio para expresar lo inexpresable y de cierta manera explicar lo inexplicable. Observando su omnipresencia en la pintura y el tallado arquitectónico, la escultura, el textil, entre las demás expresiones.

En la actualidad se conservan vestigios artísticos, que además de maravillar y conmover nuestro ser interno con su magnitud, detalle y esteticidad, manifiestan la presencia de una evolución consciente en nuestros antepasados. Revelándose en un ínfimo sentido el conocimiento del cual nuestros ancestros fueron portadores, así como su entendimiento del mundo, inteligencia y cosmogonía.

Ínfimo, porque los misterios e intrigas con los que estas civilizaciones nos dejan son mayores. Y porque en la actualidad, además de este, uno de los únicos vínculos restantes que como sociedad se posee con ellas es el acercamiento a los pueblos indígenas, que, a pesar de haber sido moldeados y transformados por sucesos históricos, preservan una fracción esencial de la cultura y saber ancestral. Más, irónicamente, es el mexicano por su carácter hegemónico, etnocentrista y positivista, en sí mismo el obstáculo que impide una aproximación a tales culturas.

México, así como distintos países latinoamericanos, conforma un territorio víctima de la conquista, del comercio triangular que implementó la consideración del individuo como un mero medio económico y de todos aquellos sucesos en los que el actuar hegemónico y supremacista predominó. Dejando antecedentes sociales inalterables que en la actualidad se conservan, algunas veces se observan, pero en definitiva se sufren.

Es así como se presenta un sinfín de elementos interconectados determinantes para el surgimiento de la teología de la liberación. Tomando lugar en América Latina, como una corriente Teológica al tratar las cualidades y atribuciones divinas, pero además revolucionaria, al marchar en sentido opuesto de aquello socialmente aceptable. Por tal, es crucial resaltar la trascendencia de esta a meros conceptos teóricos, pues se fundamenta en la practicidad.

Bien podría afirmarse que el alcance de la Teología de la Liberación es análogo al de aquellos movimientos revolucionarios que surgieron como parte de la lucha por el pueblo, como es el Zapatismo, ya que la sublevación se dio en términos políticos, económicos, sociales e incluso medioambientales.

Sobra mencionar las similitudes entre personajes como Samuel Ruíz y el Subcomandante Marcos, manifestando un verdadero sentido de unidad con los pueblos a través del reconocimiento de los mismos, a ambos personajes aceptar haber terminado aprendiendo más de los indígenas que estos de ellos mismos.

A pesar del levantamiento zapatista en 1994 por el Ejército de Liberación Nacional, las injusticias siguen sin resolverse. Se observan despojos, tal es el caso de los indígenas desalojados a causa del interés político-económico por parte de las autoridades representando sólo uno de los antecedentes históricos que prevalecen.

Es justo finalizar este curso con la aceptación de la presencia de un romanticismo hacia las culturas y civilizaciones antiguas, pero sobre todo de una hipocresía nacional respecto a los pueblos vivos. Traduciéndose a una deuda y deber histórico-cultural que se posee con ellos. Es de orgullo y privilegio la posibilidad de contribuir al proyecto de Tania durante el verano, al ser el textil una herencia de inmenso valor cultural e identitario, representando un sustento familiar, el actual empoderamiento de mujeres en los altos de Chiapas y transformándose al trascender géneros, despedazando los muros ideológicos y estereotipados por los cuales los mismos pueblos se han visto limitados.

A propio parecer, es justo reconocer la importancia del pensamiento prehispánico que continúa vivificándose en ciertos pueblos. Mismo que colisiona con el pensamiento occidental y positivista en el que aquello incomprobable e incompresible por el razonamiento humano queda fuera del juego. Si bien es indebida la imposición de un modelo ideológico, la experimentación de cierto grado de espiritualidad y sensibilidad es un camino para la declaración de la existencia de una divinidad o consciencia suprema, incluso determinado nivel de entendimiento científico afirmado en humildad puede llevar a concluir que un razonamiento que considera como única verdad aquello derivado de la mera experiencia e inteligencia humana, como lo es el antropocéntrico método científico, se encuentra errado. Poniendo así en cuestionamiento la base de nuestro sistema ideológico, de creencias y convicciones en su totalidad.

En este sentido, la minimización ritualista y ceremonial de las culturas ancestrales es indebida, al reflejar la aceptación de una consciencia superior y fuerza creadora de la cual el todo emana, traduciéndose a una visión unificada del mundo y desajenada en la que el concepto del yo cesa porque el del todo y uno prevalece. Textualizando a Marcos Girón, “el positivismo conduce a la experimentación de aquello sin vida”, dado que, si bien el éxito y el fruto material es nuestro supremo e incondicionable fin como sociedad, este termina burlonamente por convertirse en nuestra máxima turbación, pues un acoplamiento en la abismal máquina económica convierte a nuestra propia especie en un medio.

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